A veces crecer significa olvidarnos de jugar.

Con el tiempo aparecen las estructuras, las obligaciones y las versiones más rígidas de nosotros mismos. Pero hay experiencias capaces de despertarnos algo mucho más profundo: la posibilidad de volver a sentirnos libres, presentes y vivos.

Esta nota, publicada originalmente en la edición 59 de la revista Andar Extremo, habla justamente de eso. De la montaña, la aventura y el movimiento como espacios donde el cuerpo deja de ser un límite y el alma vuelve a encontrar su recreo.

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Si querés una receta para pasarla bien, pregúntame (según dijo mi amigo Fabri post carrera).
O mejor: animate a correr una MAX.

Era mi segunda vez en esta carrera que ya se convirtió en algo más: un ritual. Pero esta vez no hubo un auto a medio fundirse. No hubo nervios de primeriza. Tampoco el mismo estado civil.
Esta vez fue otra cosa. Fue cuerpo, fue barro, fue alma. Fue mía.  Porque una MAX no se corre: se vive. Se doma. Se entrega.

Llegar a la Reserva El Destino es un mimo directo al alma. Verde por todos lados, aire que acaricia los pulmones y esa sensación de que todo va a estar bien. Zorros, mulitas que no te dejan dormir de noche, mariposas revoloteando. Mi único miedo era el frío (la edición anterior me dejó tiritando en pleno mayo), pero no: esta vez el sol estaba de nuestro lado.

Llegué el sábado, armé la carpa, prendí el fuego y me regalé un asado como quien celebra estar viva. (Claramente lo estoy. Y lo conté en la edición #57 de la revista: Finales y Comienzos).

Y ahí empezó la magia.

Siete de la mañana. Desayuno y escucho un grito a lo lejos:
“¡Nadia!”
Era Ele, mi compañera de aventuras de la edición pasada. Después apareció Fabri, mi honorable amigo. Me encontré con Andre, mi adorada profe de trekking y quien me abrió las puertas a este mundo de aventuras. Y de repente: ¡sorpresa! Aparecen Angie y Juan. Ni idea tenía de que se habían anotado. Los conocí en La Misión 2025 en Villa La Angostura.

Ya era evidente que esta MAX no iba a ser “otra carrera más”. Porque para mí, vivir una MAX es animarse a volver a ser niños. No se trata de competir. Se trata de embarrarse sin culpa. De correr porque sí. De chapotear. De abrazarse sin motivo. De ayudarse en la adversidad. De dormir bajo las estrellas. De reír con el alma.

Y sí: la viví desde las entrañas. A piernas. A nado. Y por momentos, como podíamos. Pero sobre todo a pura risa. Fue increíble.

Cruzar el Río de La Plata junto a Angie y Miriam fue descomunal: de repente hacíamos pie, y luego desaparecíamos. Fue un disfrute total.  Tener el celular en el pecho metido en tres bolsas ziplock (¡y que sobreviva!), gomitas pasadas por agua… fue toda una hermosa locura.

Marcos, no cambies nunca. Seguí siendo eternamente ese niño adulto, porque de eso se trata: de disfrutarnos, de vivirlo, de amar cada carrera con el cuerpo. Es celebrar la vida. La amistad.

La MAX me hizo, una vez más, volver a mí. A esa niña que tuvo una infancia y adolescencia dura, pero que hoy se permite disfrutar de la vida como nunca antes.

Hoy esa niña corre conmigo. Volvió a despertar. Y ya no quiere irse.

Porque una MAX no es solo una carrera: es un recreo. Como el de la escuela. Donde corrías sin motivo, te embarrabas sin culpa y te reías hasta que dolía la panza.

Un recreo del mundo adulto. De las estructuras. Del “tenés que”.

Un recreo donde podés ser. Y yo elijo ser.