La MaxRace 2026 fue distinta otra vez. Y quizás por eso entendí que cada edición tiene su propia magia.
Esta vez no viajé sola. Por primera vez se sumaron mis amigas del grupo de trekking con quienes entrenamos todas las semanas, nuestro pequeño grupo de terapia al aire libre, donde entre caminatas, mates y montaña compartimos mucho más que kilómetros.
Ellas tenían miedo del barro, del agua y de no saber con qué se iban a encontrar. Pero yo les repetía lo mismo una y otra vez: que iban a volver a ser niñas.
A diferencia de las otras ediciones, esta vez sentí que la experiencia también pasaba por cuidar y acompañar a quienes vivían una MAX por primera vez. Por eso alquilamos un dormi dentro de la Reserva El Destino, organizamos la comida, viajamos desde La Plata en dos autos y armamos un fin de semana lleno de rituales simples: picada, mates, risas, nervios y sanguchitos de asado preparados la noche anterior.
Hicimos los 8K caminando, como siempre. Porque yo nunca corro. Ni en la MAX, ni en La Misión, ni en ninguna carrera. Yo voy a mi ritmo. Disfrutando el paisaje, el barro, las conversaciones y todo lo que pasa entre un paso y otro.
Y al final pasó exactamente lo que les había prometido.
Hubo barro, agua, carcajadas y esa sensación de libertad que aparece cuando uno deja de pensar tanto y simplemente se entrega a jugar. Ellas pudieron vivir una versión más suave de lo que significa una MAX, pero suficiente para entender por qué estas experiencias terminan quedándose tan adentro.
A veces recuerdo aquella primera edición, cuando le pregunté a Marcos si podía caminarla y me respondió que, si quería, podía hacerla gateando. Sin saberlo, esa frase terminó abriendo un camino completamente nuevo en mi vida.
Desde entonces sigo recorriendo senderos a mi manera, dejando mi propia huella entre el barro, la montaña y las historias que todavía quedan por vivir.