La Max Race 2025 fue completamente distinta, también fueron 12k. Ya no estaban los nervios de la primera vez ni el miedo a no saber qué podía pasar. Esta vez llegué a la Reserva El Destino sintiendo que ese lugar también tenía algo mío.

Volví a dormir sola en la carpa, pero ya no desde la incertidumbre sino desde el disfrute. La noche anterior prendí el fuego, me hice un asado y simplemente disfruté estar ahí, rodeada de naturaleza, silencio y esa sensación hermosa de haber construido una vida que años atrás parecía imposible.

A la mañana siguiente llegó Fabri para desayunar y arrancar juntos una aventura que terminó siendo barro, agua, risas y pura diversión. El frío ya no se sentía como en la edición anterior y esta vez pude vivir la experiencia desde otro lugar: más relajada, más libre y mucho más presente.

Lo más inesperado fue reencontrarme con personas que había conocido meses antes en La Misión de Villa La Angostura. La montaña, las carreras y los caminos compartidos habían dejado de ser algo ajeno para empezar a convertirse en parte de mi vida.

Y entonces entendí algo.

La Max tenía mucho de recreo. De esos recreos de la infancia donde uno corría, se embarraba y se reía sin pensar demasiado. Agua hasta el cuello, zapatillas llenas de barro, abrazos, carcajadas y la sensación de volver a jugar como cuando éramos chicos.

Por unas horas dejó de existir el mundo adulto, las estructuras y las preocupaciones. Solo quedaba disfrutar.

Y yo elegí vivirlo así.