Tilcara – Calilegua no fue solamente una travesía. Fue atravesar mundos completamente distintos caminando durante cinco días entre montaña, silencio y transformación.

Partimos desde la inmensidad árida de la Quebrada de Humahuaca para terminar entrando lentamente en la selva jujeña, viendo cómo el paisaje cambiaba paso a paso junto con nosotros. Cada día era distinto: altura, frío, calor, viento, vegetación, barro, ríos, refugios y senderos perdidos entre montañas enormes que parecían no terminar nunca.

Éramos doce personas desconocidas entre sí, cada una con su propia historia, sus miedos y sus motivos para estar ahí. Y quizás por eso la conexión terminó siendo tan especial. Porque cuando desaparece la señal del teléfono, desaparecen también muchas de las distracciones del mundo cotidiano. Solo quedan el cuerpo, la montaña y las conversaciones que nacen mientras uno camina.

Dormimos en refugios simples, atravesando pequeños poblados donde la vida parecía moverse a otro ritmo. Lugares donde la pobreza convivía con algo difícil de explicar: una enorme dignidad humana. Recuerdo especialmente las miradas, las sonrisas y la calidez de las personas que viven entre esas montañas inmensas y alejadas de todo.

Hubo cansancio, ampollas, silencio, mates compartidos y momentos donde parecía que el camino no terminaba más. Pero también hubo risas, disfrute y esa sensación hermosa de estar completamente presentes, lejos del ruido y las obligaciones de todos los días.

Durante cinco días nuestra única tarea fue caminar, compartir y vivir el momento. Y quizás ahí estuvo la verdadera magia de esta travesía: en recordar que muchas veces no hace falta demasiado para sentirse profundamente vivo.