La MaxRace 2024 fue mi primera carrera de 12k. Pero sobre todo, fue el comienzo de una vida que hasta hacía muy poco tiempo parecía imposible para mí.

Llegué sola a la Reserva El Destino después de una semana donde hasta último momento no sabía si iba a poder viajar. El auto se había roto, los nervios estaban a flor de piel y el frío húmedo de mayo atravesaba todo. Después de haber bajado más de 60 kilos, mi cuerpo todavía no estaba acostumbrado a esas temperaturas y esa noche dormí en carpa, en medio de la reserva, envuelta en varias capas de ropa y bolsas de dormir intentando combatir el frío.

Pero ahí estaba.

Había manejado desde La Plata, armado mi carpa, prendido el fuego y preparado cuidadosamente cada detalle, incluso mi comida, pensando en darle al cuerpo los nutrientes necesarios para afrontar semejante desafío. Tiempo atrás, la idea de vivir algo así hubiese parecido completamente irreal.

Y sin embargo estaba ahí, respirando el olor a bosque húmedo, escuchando el silencio de la noche y sintiendo que algo dentro mío empezaba a despertar.

Al día siguiente llegó la verdadera aventura: barro hasta las rodillas, senderos inundados, zapatillas que amenazaban con quedarse atrapadas y más de tres horas recorriendo la reserva entre cansancio, emoción y risas. En medio de ese recorrido conocí personas que terminarían formando parte de mi historia.

Cruzar la llegada fue mucho más que completar una carrera.

Fue entender que todos esos años de dolor, esfuerzo, disciplina y reconstrucción personal me habían traído hasta ese instante exacto. Mi primer finisher no fue solamente una medalla: fue la prueba de que había vuelto a vivir.